Le engañaron como a un niño -víctima fácil, si se me permite-. El plan, digno del guión de mi madre. Y de la tuya. Y de todas las madres. El siguiente: puerta del colegio, caramelo en boca. El dulce se lo pondría Joan Laporta; el veneno, un tal Lages. Dos maestros en tan sucio juego, no hay duda. El primero le ofrecería la mejor golosina: un Barça tricampeón y un sueldo tantas veces superior. El segundo le vendería la oportunidad de su vida, camuflada de mentira y con tintes de menosprecio. Él, río al uno y creyó al otro. Joven e inmaduro, vio el caramelo y se murió por probarlo; joven e inmaduro, se olvidó del cariño de un escudo que le hizo grande. Y la afición dictó sentencia.
Apareció Lendoiro. Por suerte para los buenos y desgracia para los malos. Y le dijo, como buena madre: "Ten cuidado, que a la salida del colegio hay hombres malos que dan caramelos con droga". Entonces, Filipe Luis lo comprendió. Se dio cuenta de lo malvado que era Laporta, quien ansiaba un Ferrari a precio de Panda; admitió la tiranía de su representante, quien le trató, precisamente, como a un Panda. Dio portazo al culé y echó al brasileño. Contrató a Quilón y pidió perdón. Y la afición dictó sentencia.
El crack brasileño volvió. Se había ganado a la parroquia partido a partido. Cuando el Depor perdió la final de la Copa Galiza contra el Celta, por ejemplo: "Sí, hemos perdido, pero... ¿el Celta el año que viene en segunda, no?" Había defendido los colores hasta la extenuación, batido la cifra récord de 82 partidos consecutivos de titular y convertido en el máximo goleador del club tanto en Liga como en Copa. Mas, la suerte le ha sido esquiva: adiós Liga, adeus mundial y adéu contrato millonario. Lo mismo: ata pronto Depor, deica logo Brasil y ¿fins a mai Barça? Por suerte para el deportivismo, Filipe Luis seguirá en A Coruña la temporada que viene. El hombre que animó a Iraizoz en el hospital y provocó imágenes inéditas en los rostros de Lendoiro y Lotina. El que alzó a once hombres a la victoria ante el Athletic. Y el que arrancó a 20.000 personas de su butaca. Y es que el sábado, también, la afición dictó sentencia. Ánimo, Filipe.
Diego Martínez Montero
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